Jaime Boetsch: El anime no es un juego de niños

El CEO de Senpai TV analiza el fenómeno cultural en torno a este género de animación japonés.

La escena es repetida, pero nostálgica. Un niño ve la televisión después del colegio y está embelesado con las escenas de acción. La madre le habla; él no responde. La madre insiste. Nada.

“¡Hasta cuándo ves esos monos japoneses! Corta la tele y ven a tomarte la leche”.

Casi tres décadas después, el niño ya es grande. La pantalla ha crecido 40 pulgadas. Y está sentado con un polerón, jeans y zapatillas, igual que su hijo, que está junto a él. El padre mira la tele y le dice al hijo: “¿Ves? Esos son los Caballeros del Zodiaco. Este es un gran anime”.

La animación creada en Japón –el anime– es una de las industrias de entretenimiento más importantes del mundo. Solo en 2021, la demanda por consumo de ese contenido subió en un 35%, según constata Parrot Analytics. Y el 2022, Netflix estrenó 40 títulos de anime. Este 2023, Doraemon, el Gato Cósmico (sí, ese azul redondito) cumple 50 años y sigue siendo uno de los más vistos en la TV japonesa. Es la mitad de años que tiene el Mickey de Disney, pero no hay duda de que este gato está persiguiendo al ratón.

Pero ¿qué hace que el anime sea cada vez más relevante? ¿O que existan plataformas de streaming únicamente dedicadas al género? ¿O que se vendan más poleras de Naruto que de Marvel en ferias libres?

La respuesta es simple: excelente contenido. Una historia muy bien contada, generalmente adaptada de un cómic (manga, en el caso japonés) que, luego de tener éxito, salta al lenguaje audiovisual. Son historias donde el camino del héroe (Dragon Ball) y los grandes relatos mitológicos (Caballeros del Zodiaco) se mezclan con la épica de un héroe que no es perfecto pero sí gracioso y resiliente (Slam Dunk).

Pero hay más. Japón no considera al anime como un “mono animado” para niños. Es en la animación donde la cultura nipona se ve reflejada, con todo tipo de temas, que abordan desde el mundo de los infantes, pasando por dramas y romance, hasta llegar a contenido erótico. Y es tal el nivel de variedad que se encuentra que hasta ahora se están haciendo adaptaciones de anime de aventuras o ciencia ficción con actores reales.

Por último, está el factor de la longevidad. Las historias que trascienden en el anime son muchas, y logran transformarse en sagas tan relevantes como las Star Wars o Marvel. No en vano, Slam Dunk –un anime de basketball de 1993– acaba de lanzar su película, The First Slam Dunk. En Japón arrasó; le ganó en la taquilla a la nueva Avatar.

Es por lo anterior que el anime permite una transmisión cultural. Hoy los padres se sienten entregando un legado a sus hijos. Las historias que hoy ven juntos no se extinguen. Crecen, se expanden. Parafraseando a esa película que tantos vimos cuando niños, es una Historia sin fin.

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